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BRASIL E HISPANOAMÉRICA,
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LOS GEMELOS UNIDOS
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POR LAS ESPALDAS.....
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Con esta imagen terrible un autor brasileño definió la relación cultural entre el gigantesco Brasil y el resto de Hispanoamérica.
Con la gente del NIRE creado en la Embajada Argentina del Paraguay con un grupito de escritores alojados por el entonces embajador de Argentina en Paraguay, Félix Córdova Moyano, creamos este grupo cuyo objetivo principal es y ha sido la integración cultural real, más allá de los discursos políticos y coyunturales que venimos escuchando como cantos de sirenas desde hace más de 20 años.
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Creamos la revista-libro "Palabras Escritas" que edita Servilibro de Asunción, 230 páginas y con frecuencia semestral. En la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires 20007 se lanzó el Nº 3 en el día dedicado al Brasil, organizado por la Embajada de Brasil en Buenos Aires. El Nº 4 se presentará en la Feria del Libro de Porto Alegre el 4 de noviembre próximo, acto coordinado con Sandra La Porta de la Cámara del Livro de RGS y los escritores Amanda Pedrozo, Luis Hernáez y Alejandro Maciel.
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El NIRE tiene su propio blog:
http://palabras2008.blogspot.com/
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martes, 21 de agosto de 2007
INTEGRACIÓN ENTRE BRASIL E HISPANOAMÉRICA
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BRASIL E HISPANOAMÉRICA,
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LOS GEMELOS UNIDOS
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POR LAS ESPALDAS.....
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Con esta imagen terrible un autor brasileño definió la relación cultural entre el gigantesco Brasil y el resto de Hispanoamérica.
Con la gente del NIRE creado en la Embajada Argentina del Paraguay con un grupito de escritores alojados por el entonces embajador de Argentina en Paraguay, Félix Córdova Moyano, creamos este grupo cuyo objetivo principal es y ha sido la integración cultural real, más allá de los discursos políticos y coyunturales que venimos escuchando como cantos de sirenas desde hace más de 20 años.
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Creamos la revista-libro "Palabras Escritas" que edita Servilibro de Asunción, 230 páginas y con frecuencia semestral. En la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires 20007 se lanzó el Nº 3 en el día dedicado al Brasil, organizado por la Embajada de Brasil en Buenos Aires. El Nº 4 se presentará en la Feria del Libro de Porto Alegre el 4 de noviembre próximo, acto coordinado con Sandra La Porta de la Cámara del Livro de RGS y los escritores Amanda Pedrozo, Luis Hernáez y Alejandro Maciel.
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El NIRE tiene su propio blog:
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sábado, 28 de abril de 2007
BREVE HISTORIA DEL DIABLO
BREVE HISTORIA DE SATANÁS
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I.
No desespere el pávido lector, la temerosa lectora; no iré a narrar una documentada hagiografía al revés, ni las crónicas inciertas de un personaje inmaterial, ni conjeturas acerca de la supuesta evolución de una idea que, si bien la patentó el Judaísmo al inscribirla dentro de sus memorias, la precede cientos de años si hemos de dar fe a las tradiciones orales y a los pictogramas. No veo objeción alguna para darle crédito en el banco de nuestra malograda mala fe a los ideogramas y pictogramas ya que a fin de cuentas la historia judía también ha sido escrita con signos ordenados y secuenciales; la misma historia humana duerme en documentos escritos que sin embargo gozan de un prestigio inusitado como si ignorásemos que esas mismas palabras usan algunos periodistas con calamitoso descaro para mentir sin un ápice de pudicia desde las redacciones de periódicos que leemos con la misma fe que un rabí lee la Torá. Si creemos a unos, ¿por qué negarle el derecho a las tablillas cuneiformes? Si éstas no engañan como algunos periodistas, durante el cautiverio de Israel en Babilonia bajo el gobierno de Nabucodonosor los levitas aprendieron las tretas del astuto Ahrimán contra la complacencia de Ormuz, su anverso benévolo.
Desde que empezaron a escribir el Pentateuco los rabí sabían que necesitaban una fórmula para salvar el abismo abierto en su sistema de creencias. En algún momento, alguien de mala índole como yo se preguntaría cómo era posible que un Dios infinitamente perfecto y bueno creara sin embargo un mundo tan visiblemente dañado, decadente e insalubre para el alma humana. En el culebrón mitológico de los Avesta hay agentes alados (ángeles) que se alistan y combaten de un lado u otro de las hordas celestiales.
En el declarado apócrifo Libro de Enoc –o Enoch- quien fuera bisabuelo de Noé hay pérfidos ángeles rijosos que bajan a la Tierra desobedeciendo los mandatos del casto Yahveh para comerciar carnalmente con las señoritas de la zona de Canáan. Nacen hijos espantosos, los nefillims o gigantes que en Grecia serán los secuaces de Deucalión. Pero olvidemos por un momento a la progenie colosal y volvamos los ojos hacia los nombres de los ángeles mazdeos que adquieren ciudadanía judía al entrar por la ventana de contrabando en el Talmud.
Samael, Lucifer, Asmodeo, Belial y Satán fueron cosechados por temerosos rabinos en la Mesopotamia del exilio. Del cardumen maligno hicieron un cuerpo colegiado presidido por Satanás. Al traducir al griego la jauría maliciosa la afiliaron al partido de los “diábolos” que entre los griegos eran entidades menores que no cejaban en el intento de tentar a la gente para acometer pequeñas fechorías como el adulterio que es, por lejos, la más divertida. Como decía un amigo psiquiatra: los judíos inventaron el monoteísmo, la monogamia y la monotonía. Pero dejemos estas cuestiones vecinales y razonemos.
El matrimonio nos propone una relación dual ideal en la que cada parte (el marido, la mujer) complementa un todo que restablece la armonía preestablecida según el finado Leibtniz. En el caso del adulterio en esta díada interfiere un tercero/a que viene a romper el frágil equilibrio leibtzniano para canjearlo por el alternador edípico freudiano. Si ya tenemos tres personas distintas y ningún dios verdadero, ahora los satanistas, entre los que no dudaría en alistar al ilustre monsieur Denis de Rougemont, quieren convencernos de algo más insólito: en esa relación ya en sí misma complicada también cooperan demonios. Desoyendo el sabio principio de la navaja occamiana monsieur Rougemont me asegura que además de la trinidad adulterina hay que contar con el demonio instigador; y tal vez algún cadete infernal y de seguir así sumaremos un quinto y un sexto y en un abrir y cerrar de ojos habremos transformado el triángulo edípico en una cama redonda.
Basta hasta aquí este breviario del bellaco. Ya iremos descubriendo sus trápalas en sucesivas emisiones de este boletín, por ahora sigamos escuchando el “Sansón y Dalila” de Sain Saens.
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Alejandro maciel
martes, 17 de abril de 2007
Job, o las mortificaciones del justo
JOB, O LA DEPRAVACIÓN
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DE LA JUSTICIA.
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La historia a contarles podría ser abreviada de este lacónico modo: la observancia de las leyes no garantiza a nadie una vida dichosa. Si se me permitiese (qué otro recurso le queda al lector o lectora, pobre gente…) la usura de restarle todo el sentido teológico al Libro de Job, texto irrefutablemente religioso, les pediría que me acompañasen a hurgar su argumento para demostrar lo que digo: la ley no siempre ampara a quienes la observan, la justicia puede ser una trampa. * * * * * I Había una vez un hombre en la tierra idumea de la ciudad de Hus, puro de espíritu, incondicional a la obediencia de Dios siendo el más poderoso de los hombres del naciente. Este hombre se llamaba Job. La abundancia de los bienes, que vienen y van le otorgó la felicidad que pueden garantizar las cosas efímeras. Tampoco le faltó el respeto que pagamos a la numerosa servidumbre cuando nos rodea. El júbilo acompañó a su casa, su esposa, su hacienda que al pacer clareaba los valles; sus hijos y su alma. Por las noches, meditaba tratando de descifrar en el mundo que lo rodeaba la escritura de ese Dios misterioso al que amaba más que a sí mismo; sin esperanzas de sentirse recompensado, ni saber si era amado o detestado más allá de sus propios dominios. Por un lado la vastedad del cielo que parecía envolver la tierra con una galería interminable de luces y destellos. A la izquierda de la torre de Hus el árido desierto de piedras rojizas perdiéndose entre caminos invisibles que en las siestas reverberaban como la llama de una alcuza. A la diestra, la llanura verdosa del collado umbrío que se adivinaba en los olores de la noche, en los susurros de las palmeras en lo alto, en el crujido transparente de la hierba bajo el plenilunio. Aquella noche Job, el hombre de Hus presintió la soledad por primera vez, como un mensaje escrito en símbolos que están grabados en el desierto y en las ondulantes dunas, en la llanura esmeralda, en el curso sinuoso de las aguas que bajan por la pendiente, en el pedregal estéril, en el día santificado por la luz y en la noche profunda de misterios. En todo leyó fragmentos de un mensaje cifrado y tuvo la inquietante sensación de ser leído al mismo tiempo. Después, se durmió para soñar un arenal de dunas, un desierto de piedras y una llanura verdecida por la luz. Algo, o alguien (el sueño como el de todos, era confuso y parco) lo condujo al desierto y en el desierto a una gruta socavada entre la roca donde se encontró después de instantes de angustia, con una mujer cuya serenidad invitaba al sosiego. Vestía una larga túnica blanca llena de pliegues que la suavidad de la luz marcaba tenuemente. “Venimos del verdor y vamos al desierto”, saludó al sueño de Job. Aunque la visión resultaba benéfica, Job presintió cosas aciagas porque lo que no decía la mujer lo decía el paisaje hosco de la caverna. En un rincón, goteaba agua. El eco incansable de las gotas se hizo insoportable igual que el viento de la desgracia que sopló toda la noche desde el desierto. Job también soñó con el trono del Cielo y a la criatura perversa negociando con el Altísimo unas apuestas desconocidas.[1] * * Pasó la noche llegó la alborada que despertó a la pesadilla a Job. El horizonte polvoriento trajo un jinete que se acercaba, sofocado. “Tu hacienda y tus pastores han sido aniquilados por los sabeos durante la noche, soy el único sobreviviente de la masacre y he venido a darte la noticia”. Job miró el suelo y recordó al instante dos abismos bajo las flores de loto en la ciénaga espesa: Behemot, la prueba furiosa del poder del Señor. El hombre mortificado se hundió en sus recuerdos pensando que la justicia pide resignación cuando vino otro mensajero: “una lluvia de fuego cayó sobre tus peones y tu rebaño, sólo yo pude salvarme para avisarte todo lo demás fue arrasado por el fuego”. Volvió a Job la turbidez de aquel sueño[2] con sus juncos uniformes, la fístula de bronce y la nasa, inútiles ante la cólera de Leviatán, el monstruo que acecha en los humedales. Recordando el sueño, volvió a soñar: la respiración sofocante que incendia la noche, los ojos que paralizan a los inocentes, la coraza de piedra que defendía el corazón invulnerable de la bestia. Job se compadeció de sí mismo; apartó sus ojos del resplandor del día que regocijaba el desierto cuando escuchó otro mensajero, otras penurias: “tus hijos e hijas celebraban cuando el viento del desierto entró por puertas y ventanas a derrumbar la casa donde comían. Murieron todos, únicamente he sido salvado para informarte”. Job cayó de rodillas desgarrando sus vestiduras mientras desde la pesadilla ascendía Leviatán del el abismo, haciendo hervir la ciénaga como si fuese una inmensa marmita; trillando los sembrados con su quijada inmortal a flechas y venablos. La ley del Señor así lo hizo. Job, desamparado, cantó una alabanza: “Tal como me entregó la matriz, desnudo, al mundo / he de volver a estar sin oros ni atavíos: desnudo / prestada mi carne miserable, el cuerpo desgraciado / al que quita Quien dio sus desventuras: el destino”. * * * * * II * * * * * La eterna disputa en medio del Cielo reinició. Todos los hijos de Jahveh, entre ellos Satanás se delegaron frente al Digno de toda alabanza como decía su víctima en la tierra: Job, el justo. ¿Ha visto la firmeza de mi hijo Job que permanece fiel a pesar del infortunio? Piel por piel, insidió el Tentador, hasta ahora has respetado su cuerpo pero escarmienta su hueso, hiere su carne y verás, oh Creador cómo blasfema en tu propia cara. Llovieron sobre el paciente Job úlceras y roñas que ensuciaron su piel desde la cerviz al calcañar. Pústulas y diviesos se abrían a la intemperie exudando un líquido viscoso y purulento. Inútilmente imprecó la esposa y rogaron sus allegados cubriéndose de cenizas como muestra de escándalos y oprobio ante el pecado. Job, tendido en el suelo áspero soñaba el bien con los ojos llagados por el mal. ¿Recibimos de Dios la felicidad y hemos de rechazar los dolores?, preguntó. Volvió su mirada resignada a la oración porque pensar en Dios ya es una forma de alabanza. Invocó las tinieblas de Leviatán contra el día que lo vio nacer. Comprendió que estaba solo porque el dolor no se comparte; se arrepintió de todas las acciones que ofenden al Señor, las pretéritas y las futuras; de todas las intenciones que lo desobedecen y aún de los sueños impíos.[3] Se arrepintió de la materia ineficaz de la que estamos hechos. Se arrepintió del arrepentimiento. Y Dios lo tuvo por su mayor testigo en la tierra. Pasó el tiempo, inexorable. Yahveh devolvió sus bienes a Job; hacienda, casas, hijos e hijas, todo llegó a superar en beneficios a lo expropiado por el mal. Curaron sus llagas y el precio del recuerdo hizo fortuna de todos sus infortunios. Larga fue su vejez y pacífico su atardecer en el mundo. Murió Job entregando como todos, su alma al misterio y su cuerpo a la calamidad de la disolución. Una luz excelsa llenó el tránsito y sintió en sí la ingravidez de los espíritus donde cada hombre es igual a la multitud de los que lo conocieron durante una vida. Igual a todos los resplandores. También ante la Gloria se sintió solo. Vio la Tierra en la que los cuatro elementos primordiales están tejidos con tanta intimidad que únicamente lo percibimos cuando la muerte adormece nuestros sentidos; largos tramos de una hebra translúcida que manufacturaban las Parcas, administradoras del tiempo humano, devanando y tejiendo sin cansar la madeja de las vidas que otros llaman destino y no es más que la manufactura de las tres viejas ancestrales. Una cadena de luz atada a los cielos[4], los hacía girar a partir de una fuerza invisible. A su amparo se congregaban las diminutas esferas iridiscentes que, encajadas unas en otras, justificaban el infinito concéntrico del universo. El sigiloso paso de la Luna cruzó la ronda dejando el palor de las huellas como quien camina sobre arena mojada. Vio la Sirena lunar, mitad pez mitad ángel; escuchó su voz entonando las primeras melodías de la escala armónica que corean las ocho voces de los ocho círculos y es la música del cielo. Siguió un esplendor más brillante que el de la arena reverberante cayendo a plomo sobre el sol en el desierto. Hasta el sol se afantasmó perseguido por la luz. La Sirena solar encantó el círculo con el cuerpo parpadeante como las llamaradas del crepúsculo al agonizar la luz diurna y después vio aparecer a Venus y el sexto círculo que lo envolvía. Escuchó la tercera voz del coro de las sirenas. Densas vaharadas de vapor o niebla ocultaban la marcha del astro mientras del lado opuesto se abría paso la voz vigorosa y monocorde de la Sirena de Marte que apareció impregnada del color de fuego que emanaba su atmósfera. Tenía el cuerpo de pájaro, recordándonos que siempre aspiraremos a volar más alto que nuestro destino; acaso un halcón gigantesco con las alas cruzadas delante del pecho y el rostro adolescente, de una belleza sensual que recordaba vagamente el de las niñas perversas de la costa eritrea, las que jugaban con el sexo sin saber lo que hacían convidando a los forasteros a coyundas indignas, propias de las famosas rameras babilónicas. La criatura, espantosa de belleza fijó su mirada clara en Job y éste tuvo compasión del recuerdo de su cuerpo llagado por primera vez hasta que Marte la ocultó en uno de sus retrocesos antes de perderse en los confines del recinto rojo. Con el tercer círculo volvió la serenidad en la blancura pacífica, el inmenso Júpiter y su Sirena blanca, mitad pez, mitad mujer que nos recordaba que alguna vez todas las criaturas salimos del mar. Vio la esfera cristalina que se desplazaba con lentitud arrastrando a la criatura pálida y su canto. Del segundo círculo llegó la otra nota de la armonía celestial con Saturno, sus anillos y su Sirena encerrada en un cubo transparente del que solo emergía la voz. La visión, o su recuerdo (la muerte cesa la sucesión que nos hace pensar en un “mañana” “ayer” o “después”) se hizo vertiginosa frente al infinito que nunca ha sido visto, como Dios. En el primer círculo ondulaba la pared de estrellas fijas tan brillante que aún los colores nunca vistos competían con el rojo, el verde y el profundo azul del fondo. Vio todas y cada una de las constelaciones en su lento movimiento eterno. Vio, una a una las doce casas del cielo: arqueros, leones, cabras, dragones, ovejas y mellizos de un jardín perdido retratados en el mapa del cielo. La Sirena estelar daba la última nota al concierto del universo. En la eterna estancia, muralla de la fortaleza de cristal, las tres Hijas del cielo y la tierra tejen en silencio las vidas mezclando hilos del pasado con la luz del porvenir, vestidas de blanco las viejísimas hijas de Temis toman crepitantes hebras de tiempo y las devanan entre sus dedos huesudos creando la ilusión de los mundos inferiores: la fe de instantes que pasan definitivamente para ser reemplazados por instantes que vendrán en su lugar. El tiempo no pasa, pasan las cosas inexorablemente porque la materia es sucesión como esas hebras crujientes que ellas deshacen y vuelven a moldear según su antojo para entregar presente continuo, bien y mal que cada cual invierte a su manera. Cuando se confunden toman el eje de los cielos como huso y giran alguna de las esferas o detienen el curso de una trayectoria astral y de este modo, accidentalmente, fabrican el único presente que está fuera de la ilusión. Mediante este ardid han llegado a pensar que el tiempo es fuerza mecánica. Pese a todo, pasaron las tres Damas. Job, nuevamente solo, infinitamente solo, vio una puerta labrada con la precisión de un geómetra en la morada sin límites donde las ocho voces del coro universal se convertían en una alabanza profunda como la risa de un niño. Por el dintel se escapaban los destellos de una luz tan diáfana que no admitiría sombra alguna; Job arrodilló su alma para rogar el primer y último perdón. Con temblor y esperanzas abrió la puerta. La luz lo encegueció y al recobrar la visión, lentamente, buscó lo que esperaba sin hallarlo en el resplandor. No había rastros de Dios ni se presentía Su presencia beatífica porque en su lugar acechaba lo ominoso: dos ojos que quemaban, el humo denso, el aliento inficionando el aire. Vio ante sí a Leviatán y Behemot de nuevo visitando su historia. Sintió deseos de llorar. Empezó de nuevo su oración, antes de volver al desierto. * * * * * * __________ * * * LA TÓMBOLA DEL CIELO
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> Cuando nos narran la historia de la creación del mundo, cualquiera de ellas, se dice que Dios (o dios) vino a poner orden en el caos al fundar el mundo. No comprendo el criterio de “orden” y de “caos” de los mitógrafos pero mejor sigamos de largo antes de empezar a debatir semántica, lo que nos obligaría a gastar los diccionarios a mano buscando etimologías. Ya comentamos al hablar mal de Moisés que a él se le atribuyen dos relatos de la creación del mundo, dos de la creación de la raza humana, dos del diluvio. No sé explicar esta duplicidad y duplicación sino aceptando lo que dicen los académicos e investigadores: es posible que el Pentateuco sea en realidad una antología o colección de relatos que circulaban por las tribus semíticas y después fueron recogidos en distintas relaciones. Cuando se recopilaron los textos quedaban dos opciones: eliminar una o publicar ambas. Si decidían eliminar una, ¿cuál de ellas? Ante la duda, los pundonorosos levitas y rabinos optaron por publicar ambas para legar al futuro la elección. Algo similar hace conmigo mi editora Vidalia y eso que ya pasaron más de dos mil años; pero evidentemente nada dura tanto como las costumbres editoriales. * Prosigamos. Ya hemos asociado (a fuerza de vincularlos) creación y orden. Pero de repente leemos el Libro de Job donde Satanás y Yahveh apuestan como si estuviesen en el bingo y no en un libro edificante. Si hay algo que se opone a la idea de orden es la idea de azar y para nuestra perplejidad en el cielo ordenado también cuenta el azar. Aquí mi mente obtusa tropieza con una objeción: el azar necesita de nuestra ignorancia del futuro para funcionar. De nada valdría hacer una apuesta si por algún método o triquiñuela yo pudiese advertir lo que sucederá mañana o pasado. Una sola persona capaz de “presciencia” (que es el atributo de Dios capaz de conocer todo; desde el remoto pasado al invisible futuro) serviría para invalidar la lotería, las tómbolas, quinielas y cualquier forma de apuestas o juegos aliados al azar ya que necesito un futuro imperfecto para organizar cualquier sorteo. * Básicamente, la relación entre Yahveh y Satanás se reduce a una apuesta según el Libro de Job: la eterna debilidad de la criatura humana frente a la pertinaz tentación del deseo. Satanás cree (él también tiene su fe) que el fervor religioso de Job se debe a la abundante provisión de bienes que Dios le otorgó. Si Cristo es Dios como afirman los trinitaristas, la apuesta vuelve a repetirse en el desierto (Lucas, capítulo 4) ¿A quién ofrece el poder temporal sobre la Tierra don Satanás? ¿A un hombre, abusando de su codicia desmesurada? ¿A Dios, que ya lo tiene? ¿Ignora que Cristo es Dios? * No obstante nuestras prevenciones, Dios y Satanás apuestan según el Libro de Job. Si Satanás, que lo conoce, sabe que Dios puede anticipar el futuro, ¿por qué acepta una apuesta en la que lleva obvias desventajas? Para compararlo en términos hípicos estimado lector, amable lectora; esto sería equivalente a un juego en el hipódromo entre usted y yo en el que usted arriesga su dinero en el caballo “Marsala” (el nombre es visiblemente postizo, nunca crié animales de raza) de mi propiedad contra una apuesta mía a otro caballo. Yo conozco mi equino, nació y se crió en mi cabaña, tengo el listado de todas las carreras que ya corrió y sé positivamente que de las 30 no ganó una. En cambio yo me arriesgo a un caballo desconocido y al menos tengo la ventaja de la duda de mi parte. ¿Aceptarían esta jugada? Pues Dios y Satanás que son más inteligentes que nosotros, están jugando en el Cielo. * * * * __________________________________________________ <>TAXONOMÍA EN EL ANTIGUO TESTAMENTO * * * * * * *En el Libro de Job se menciona dos bestias fabulosas a quienes Dios pone como testigos insolentes de su poder: Behemot y Leviatán. Los exegetas siempre propensos a buscar en la tierra lo que está en el cielo de la mente de Dios han querido ver en Behemot al hipopótamo, por su aspecto brutal y su estancia en la ciénaga entre lotos y juncos (interpretación del Prof. Alejandro Díez Macho) en tanto que Fray Luis de León (“Exposición del Libro de Job”, edición de Fray Diego González, basada en la de 1779) opina que se trata del elephante. Pero no se agota aquí el intento de verificar en la tierra una idea divina. Hay otros intérpretes y otras bestias; personalmente prefiero traducir Behemot por Behemot entendiendo que se trata de una criatura creada únicamente en su forma, sin encarnación material ni actualidad real, una idea divina retenida en la esfera del Cielo que no alcanzó a producir las defectuosas copias de nuestro mundo fenoménico. Dios omitió actualizarla dejándola como potencia pura en lo alto, convencido de que con la idea basta para amenazar. Si esta explicación no satisface, ofrezco una segunda alternativa: Behemot fue (junto con el megaterio, los pteridáctilos y otras tantas armazones de la paleontología) un espécimen que no alcanzó a subir en el Arca de Noé y fue exterminado por el diluvio universal que sobrevino según estimaciones hace unos 10.000 años. Puede leerse con provecho el Libro de Job, 40:15 donde todavía sobrevive el verdadero Behemot para seguir conjeturando a voluntad. En cambio, Leviatán se impone desde las oscuras citas que lo invocan como una bestia ficticia propia de las faunas míticas a pesar de los ingeniosos argumentos del R.P. Alejandro Díez Macho quien, en las notas marginales de la edición de la Biblia que dirigió, supone que se trata del cocodrilo. Para el utilitarista Thomas Hobbes en cambio, se trata del Estado. [Leviathan, Or The Matter, Form, and Power of a Commonwealth Eccleasiastical and Civil (Leviatán, o la materia, la forma y el poder de un Estado eclesiástico y civil) libro que podría perseguirnos por las noches en forma de pesadillas considerando que anuncia dos pensamientos funestos para la sociedad:
domingo, 8 de abril de 2007
LA FUNDACIÓN DEL PURGATORIO EN EL AÑO 599
LA FUNDACIÓN DEL PURGATORIO
En la pesada noche del 14 de agosto del año 599 el papa Gregorio Magno escribía al Patriarca de Constantinopla, en la Basílica, a la luz de una alcuza, cierto rescripto referido a las bondades de la vida celestial acuciado por un dolor de muelas que le causaba insomnio. Gregorio fue el compilador del “Antifonario” que se cantaba en las liturgias de las catacumbas y que la incuria del tiempo fue deshojando para que algún día naciera el canto gregoriano. También escribió una reflexión sobre el Libro de Job en la que rescata esta sentencia de las Escrituras que conviene retener: “en la felicidad, no olvides la desdicha; en el dolor, no olvides la felicidad”[1]. Fue electo Papa en el año 590 y falleció en el año 604. Sostuvo Roma cuando el Senado ya había desaparecido y la Iglesia no estaba lo suficientemente organizada para administrar un municipio; pactó en nombre de Roma con las hordas lombardas. Se ocupó de los acueductos, el empedrado, la escasa iluminación, la provisión de cereales (que gestionó ante Nápoles), la justicia terrena y la defensa de la urbe aplicando como Sumo Pontífice (cargo que significa “el mayor constructor de puentes” para que veamos que si el Cielo nos dio ríos, también nos proveyó de ingenieros para sortearlos) todo lo que había aprendido antes como prefecto de Roma.
Un Papa desvelado por un simple dolor bucal, reconozcámoslo, es un verdadero martirio íntimo, secreto a la propaganda. El Obispo de Roma pensaba con dolor, ya que estaba condolido, en las almas de filósofos griegos y judíos ilustres que por haberse privado del bautismo, que es como decir por dejar de darse un baño, estaban condenados a ser huéspedes de su enconado enemigo Satanás. ¿Quién no se sentiría legítimamente atribulado sabiendo que espíritus insignes como Séneca, Aristóteles, Salomón, Moisés, Platón y sus secuaces Porfirio y Plotino, los ejemplares estoicos, el emperador Marco Aurelio, Alejandro Magno, Ciro, los ingeniosos Dédado e Ícaro, Pericles, Artajerjes, Idomeneo, quién sabe qué inmensa legión de chinos e indios arderían para siempre en las llamas del Infierno? En la noche cerrada por álamos y la canícula agobiante, un viento repentino proveniente de la amplia ventana abierta al cielo desparramó los manuscritos. Era el batir de alas del Espíritu Santo que venía en su auxilio dejando caer una pluma blanca (cálamo) para escribir con ella el decreto mediante el cual quedaba oficialmente inaugurado el Limbo y su sucursal adyacente, el Purgatorio. Al Limbo irían a parar desde entonces las ánimas inocentes cuya única privación fue haber nacido antes de tiempo, es decir antes de Cristo. Esa misma noche (a qué esperar más, a ver si todavía Satanás conseguía persuadir por el mal camino a gente tan declaradamente bienaventurada) deportó por decreto a un listado de sabios, científicos, pensadores, gobernantes, ministros, sacerdotes judíos y escritores de toda la antigüedad clásica. Al Limbo fueron a parar en ese mismo instante cumpliendo las disposiciones de Cristo cuando dijo a su primer Papa: “Todo lo que atares en la tierra, atado será en el cielo; todo lo que desatares en la tierra, desatado será en el cielo”. A la estancia adyacente del Purgatorio serían destinados los cristianos fallecidos con cuentas pendientes en el libro menor del catastro celestial hasta pagar el último denario antes de quedar limpios de mancha para arribar al Cielo. Con la pluma del ala del Espíritu santo san Gregorio habilitó definitivamente las estancias intermedias entre la Tierra donde somos una vasija de barro soez que contiene oro en polvo y el Cielo donde todo es oro puro como soñaban los alquimistas porque para llegar a él ya hemos roto el envoltorio de carne, el cántaro de arcilla.
¿Acaso es una broma del Vaticano?, se sentirá persuadido a preguntarse algún lector sagaz o esa lectora recelosa que retiene sin embargo entre las manos este libro visiblemente fantasioso. Es tan real como un escrito, puedo asegurarles a ambos. Cuando el furibundo F. Nietzsche apostrofa con odio al cristianismo llamándolo “doctrina de esclavos y cretinos” (porque fomenta la debilidad y la piedad en la criatura humana que de este modo nunca llegará a ser el superhombre) está pensando en la rotunda solidez del mundo material; Gregorio, en cambio, pensaba en el espíritu, ¿nos es lícito repudiarlo por haber diseñado la planificación urbanística del más allá escribiendo, que es como decir convirtiendo su espíritu en palabras? Aunque admiro la fenomenal revolución del pensamiento que produjo el genio de Nietzsche, hay dos temas en los que disiento. El primero, que la solidaridad y la comprensión entre la gente se deba exclusivamente a la flaqueza de un espíritu débil que ve en la desgracia del otro la señal de su propio deterioro. El segundo, haber dicho del Dante que era una “hiena versificando entre sepulcros”; es bien sabido que Dante tenía lo que usted quiera menos sentido del humor, y la hiena es un animal frívolo con risa fácil. De todos modos la “Divina Commedia” es un edificio tan monumental y consolidado por los siglos que lanzarle piedras resulta peligroso para la propia salud: alguna rebotará y nos partirá la cabeza. Contra todo eso, creo, opino, escribo que socorrer una necesidad ajena requiere de una gran fortaleza interior y demuestra casi siempre la superioridad espiritual de seres que han pasado por encima de su propia impotencia. ¿Cómo es ese Purgatorio ideal que hospeda las almas de los cristianos muertos con deudas menores? Gregorio imaginó un antro o madriguera basándose en 1º Corintios 3:14 donde San Pablo amonesta al díscolo rebaño de Corinto asegurándoles que todas las manchas serán purificadas con fuego. Escribió que:
"Si Jesucristo dijo que hay faltas que no serán perdonadas ni en este mundo ni en el otro, es señal de que hay faltas que sí son perdonadas en el otro mundo. Para que Dios perdone a los difuntos las faltas veniales que tenían sin perdonar en el momento de su muerte, para eso ofrecemos misas, oraciones y limosnas por su eterno descanso".
Ya vemos claramente que razonó de un modo correcto. Teniendo la potestad de “atar en la tierra” lo que Dios amarrará en el Cielo, puso manos a la obra escribiéndolo. ¿No hago lo mismo? ¿No me limito a escribir en vez de vivir? Ya quedo indultado de criticar a san Gregorio, les dejo a ustedes que viven en vez de escribir la tarea de juzgarnos. Antes debo advertirles que Gregorio había cultivado una gran amistad en Constantinopla cuando fue dignatario del Papa. A la muerte de Pelagio IIº, él mismo es ungido Papa por la triple aclamación del pueblo, el senado y el clero romanos. Unos dicen que la triple corona pontificia viene de esas tres fuentes originarias de poder. Otros, que representan (todo se reduce a símbolos) los tres continentes originales: en la antigüedad se creía que las tierras firmes eran Europa, Asia y África. Otros, que significan el dominio sobre tierra, agua y aire. Otros, que son el censo de las tres Iglesias: la Iglesia triunfante (el conjunto de los bienaventurados que murieron en gracia y disfrutan del Cielo), la Iglesia militante (los que estamos viviendo y combatimos el mal con el bien), la Iglesia sufriente (las almas que están en proceso de purificación en el Purgatorio). La rueda del tiempo dio sus giros y Gregorio está en San Pedro con la tiara pontificia trabajando con tal celo que en su epitafio lo nombraron “cónsul de Dios”. Una noche recibe en sueños la visita del amigo que había dejado en Constantinopla y que, siguiendo la inveterada costumbre que usa la gente para mortificarnos gratuitamente, había muerto sin avisar. Lo que sí informa detalladamente al Papa es la tristeza que siente en el más allá por hallarse privado de la gracia de Dios. Gregorio Magno, hombre práctico, pone manos a la obra e instaura las “misas gregorianas” en sufragio para la salvación de las ánimas que están en el Purgatorio como estaba el rico Epulón a quien el pobre Lázaro que comía de sus migajas no pudo socorrer según el relato evangélico, porque hasta aquel momento no se había fundado el Purgatorio y las cosas eran negras o blancas para Dios que había creado un mundo gris.
domingo, 18 de marzo de 2007
ENCOMIO DE LOS CUERNOS
El doctor Justo Ovelia, conocido sinólogo del barrio y obsesivo estudioso de las “Técnicas de engarrafar agua mineral (*[1]) entre los beréberes” ha debido de viajar al extranjero y como vive solo tomó antes la previsión de pedir a mi familia el cuidado de la casa, depositar algún dinero para solventar gastos durante su ausencia prevista en no menos de seis meses y dejarme una escueta saluda caligrafiada agradeciéndome resolver cualquier situación “de índole judicial o policial” que pudiera presentarse en este lapso. Siempre me sorprendieron las reacciones de mi vecino pero este supuesto allanamiento de la gendarmería forense en casa de un inofensivo solterón me produjo cierta zozobra no exenta de curiosidad.
Que una patrulla de la comisaría decidiera súbitamente agraviar con sospechas el domicilio de un hombre que vive estudiando el rotulado de la Dinastía Shang y las diversas manipulaciones previas al envasado de agua bajo los diferentes sucesivos califatos me parecía propio de una mentalidad obtusa, muy lejos de las previsiones de mi ilustre aunque anónimo vecino.
Entre las discordes y tenuemente contradictorias directivas que nos adscribió figuraba una inspección ocular (así lo dejó escrito, como si yo o mi familia fuésemos a tantear mobiliarios y enseres en la oscuridad) de toda la casa cada diez días. En una de esas excursiones por la mansión, que es amplia, tiene dos plantas y quizás unas veinte habitaciones que ocupan alternativamente el doctor Ovelia y su gato al que llevó consigo librándonos de la fastidiosa tarea de cuidarlo, ya que se trata de un cuadrúpedo áspero y lesivo, encontré el escrito que figura bajo el turbador título de “Encomio de los cuernos”; panfleto que supongo traducido de alguna homilía procaz al uso oriental o de quién sabe qué fuente tan original como la del pecado. Pongo las manos en el fuego en nombre del sinólogo a quien conocemos desde que nos mudamos al elegante barrio “Las Gardenias” hace unos veinte años. El doctor Justo, justo es decirlo, se aplica con insistencia casi malsana a los dictámenes de su ética protestante y jamás condescendería a redactar algo nocivo o con intenciones aviesas o traviesas.
Aunque milito en el cursillismo católico, me considero una especie de revisionista dogmático y la copia y divulgación de este curioso documento no zahiere mi alma inmunizada por el salterio y el Libro de Job. Queden en paz los doctores de la Iglesia; todas las vírgenes que soportaron con ahínco el asalto de sus pudores por parte de (casi siempre) lúbricos italianos en tiempos del Imperio; descansen en paz castos y legales concúbitos que jamás mancillaron los ajuares domésticos con intromisiones de terceros o terceras. Quede en tranquilidad todo el mundo de los probos contra esta prueba activa de la canallería sensual elevada a misión redentora por quién sabe qué oscuro oriental pervertido de ojos y moral oblicuos. No me mueve más que la curiosidad y el sentido de la solidaridad al propagar esta advertencia. Vaya la prédica para amonestación de los justos ya que el inicuo, con pasión contumaz, jamás se dejará persuadir acerca de las ventajas de la vida conyugal libre del león del adulterio. Ignoro con qué intenciones el doctor Justo Ovelia recopiló esta pancarta malsana ya que nadie más libre que él, soltero consuetudinario, de las acechanzas de la infidelidad conyugal. Tal vez fue estafado en su buena fe y lo compró, como suele hacerlo, en un bazar magrebí a un buhonero que lo anunciaba como reliquia autógrafa del Emir de Tesalónica. Quizás abonaba la intención de hacérmela llegar o propalar entre los vecinos pacíficos el libelo adulterino para advertir el peligro. Adulterado en sus formas, ya que no me pude resistir a retocar el estilo decorativamente gentil que usaba el autor, lo doy a la prédica de todos, que es la forma más sencilla de decir nadie.
“”Supo el sabio Ab-ahl-ami que entre los axiomas del difundo Euclides Geómetra figuraba uno que enunciaba que “dos líneas paralelas jamás se cruzarán aunque se las prolongue hasta el infinito” y, contra tal precepto que confirma la razón hasta del hombre más torpe, por ser evidente en sí mismo sin requisitos de demostración, se alza la voz de un Imán, un pastor, un Papa o un Pope quienes, amparados en rutinarias escrituras anónimas, quieren cruzar dos destinos y no conforme con hacer de ellos una cruz, reclaman atarlos de por vida hasta el infinito.
Lo que no puede la Geometría –ciencia de las mediciones demostrables- lo quiere la Teología, ciencia de las afirmaciones indemostrables.
El lazo matrimonial asfixia por igual al hombre y a la mujer. Basta repasar con neutral criterio la historia entera para saber que los amores más apasionados nacieron y ardieron lejos del lecho conyugal. La alcoba marital es el patíbulo de cualquier pasión, por ardiente que fuere. El sexo se sustenta en las sombras, respira en la clandestinidad, se abona con el fermento del anonimato o la ocultación. La posesión anatómica del cuerpo ajeno se basa en el vil traslado del derecho a la propiedad privada extendido indebidamente al dominio físico de otra persona y si reaccionamos enfáticamente contra la esclavitud, ¿por qué nos resignamos a seguir pasivamente con la mala costumbre de atar la gente de por vida en yuntas como si fuesen bestias de tiro? ¿No constituye otra flagrante forma de mita, encomienda o yanaconazgo cívico-sexual esta donación de nuestra libertad individual más íntima; esta capitulación de nuestra patria-potestad erótica?
Yace hace milenios la sensualidad humana sepultada bajo la lápida del consorcio marital. Miles de hombres y mujeres se agostan inútilmente siguiendo la receta ajada de la fidelidad al vínculo dual amparándose en la cuestión material de la propiedad privada. El razonamiento que sustenta esta hiperbólica costumbre social degenerada en jurisprudencia podría resumirse de este modo: Toda persona es mortal, soy persona: luego, moriré y mis bienes quedarán bajo la custodia de mis hijos. Si soy fiel tendré la seguridad de que mis hijos son míos y así, el arduo esfuerzo de mi trabajo no beneficiará a un extraño.
Analizando bajo sospecha este razonamiento comprobaremos que sólo tiene vigencia para la mujer y descansa en un cálculo materialista y mezquino. Ya está dividiendo la sociedad entre “mis hijos legítimos” y “los otros”. Como es costumbre ancestral, deposita los deberes en la mujer y los derechos en el hombre. La fidelidad del esposo no es fundamental para asegurar la paternidad y esto culmina en la doble vida que todos sabemos llevar y callar entre caballeros. Pero aún si la mujer decidiera quebrantar esta norma anormal y devinieran frutos foráneos en la casa familiar, ¿no estaríamos cumpliendo el ideal que el finado Platón programó en su “República”? Los hijos serían un bien público al que todos deberíamos prestar asistencia obligatoria ya que el niño rollizo de la vecina que alguna vez visitó mi lecho bien podría ser mi progenie, como así también la cándida escolar que cada mañana me saluda creyéndome un simpático conocido cuando soy nada más y nada menos que su padre biológico aunque ambos lo ignoremos.[2]
De esta manera desaparecerían los niños de la calle por los que tantas ONGs, fundaciones y fundiciones laboran en confortables oficinas acondicionadas imprimiendo folletos con instrucciones sociales, elaborando estadísticas, arduas investigaciones acerca de causas y consecuencias sin dar con la salida al laberinto de perdición que es la calle en la que cada vez más y más niños y niñas adquieren destrezas poco recomendables.
Decir fidelidad es contradecir celos, ese castigo antediluviano de la raza que amargó más de una vida decente con la sombra de la sospecha elevada a hipóstasis de la existencia. En la mente de quien padece celos la coyunda sexual pasa (para exponerlo en términos aristotélicos) de la potencia al acto en cuestión de segundos y todos sabemos entre caballeros lo arduo que resulta a veces pasar al acto por falta de potencia cosa que nuestras esposas/dueñas/amas ignoran en su imaginación facinerosa. Esposa que no sospecha de su mejor amiga, tiene ojos torvos para con nuestras colegas de trabajo, las vecinas, las ex camaradas de colegiatura, ni qué decir de las secretarias o auxiliares de cualquier índole. Nada escapa al ojo suspicaz de quien duda metódica y cartesianamente de la fidelidad. ¿No será una incubación de su propia mente deseando caballeros ajenos lo que hace suspicaz a las consortes sin suertes? ¿No será que recela en el otro lo que desea para sí? Y esto nos lleva a sugerir que la infidelidad, respetables lectores, anida por igual en hombres y mujeres aunque unos la lleven sistemáticamente a la práctica y las otras se queden casi siempre en el camino envenenado de la teoría. Lo que daña el alma es la intención y ambos por igual son reos de duplicidad que estafa el juramento nupcial inmortal, que se vuelve inmoral.
Pero, ¿es naturalmente indispensable la monogamia de por vida? Fuera de los considerandos hipotecarios y sucesorios, ¿fortalece los vínculos sociales o antes bien, es un factor permanente de sospechas, disputas, rencillas y hasta refriegas domésticas que no pocas veces culminan en tragedias que estampan las portadas de los diarios sensacionalistas? ¿Por qué empecinarnos en cargar sobre los hombros de hombres y mujeres este pesado yugo que ni siquiera Moisés pudo soportar en las tablas de piedra que, como cuenta la historia si algún judío no la retorció, terminó arrojándolas al becerro, símbolo de la fertilidad natural de la raza?
La felicidad queridísimos lectores es en sí, efímera. ¿Por qué habría de ser eterno el amor que no es más que un estado de felicidad vivido a dúo? Pasa, ínclitos lectores. Cede su sitio a la rutina, a la misma mesa, a la misma cama, a las mismas posiciones anatómicas, al desgaste y la usura de los años.
Y ya que dijimos años, la edad es la piedra de Sísifo a la que natura nos condenó inocentemente: nada le hemos hecho al nacer para sufrir la maldición del desgaste, las artrosis, la próstata, la menopausia, los taponamientos arteriales, la diabetes o la gota. Si algo alivia al hombre y la mujer en la edad madura es el bálsamo de la juventud, aunque fuese prestada. ¿Quién, aunque hubiese propasado la barrera de la cuarentena no se inflama de ardores juveniles junto a una cándida joven de veinte años? Y Viceversa. Hemos sido testigos de verdaderas resurrecciones hormonales en señoras cincuentonas que adoptaron un entenado de veinte. ¿Qué futuro le espera a esta digna señora al lado del hombre averiado de sesenta años al que las leyes humanas y divinas ataron de por vida? Este mismo señor deteriorado ya hallará recursos de reparación junto a una joven mujer de treinta con olor a espliego y salud””.
Hasta aquí la traducción del sinólogo, siempre metido entre los vericuetos de su conciencia que alberga, como lo acabamos de constatar, ideas casi subversivas y altamente peligrosas para la paz social basada en la sagrada familia. Copié la traducción traicionando alguna que otra frase para seguir los dictámenes del autor tan contrario a la fidelidad. En cuanto al misterio del doctor Ovelia sigue pareciéndome sospechosa la aplicación insana que invirtió en trasladar al español esta receta impía que, de acatarse derrumbaría los muros de Jericó que defienden el orden, los pilares de la sociedad, la democracia, la participación ciudadana en la responsabilidad pública, la estabilidad de los títulos bursátiles, las sociedades de fomento barriales, las cooperadoras escolares y quién sabe cuántas cosas más que podrían averiarse si malgastáramos el bien ganancial que es la base del capitalismo. No sé qué otra excusa agregar para silenciar mi conciencia y, en consecuencia, la del sinólogo.
Ya saben qué esperar de ahora en más de un hombre que vive con un gato.
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[1] (*) ¿Existe agua animal? Valga el pleonasmo del escrito pero no mis dudas.
[2] N de A: Curiosamente, los culebrones venezolanos vienen insistiendo hace décadas con este mismo asunto y como los tomamos por banalidades, nunca sospechamos los lazos verificables (ADN mediante) de las filiaciones anónimas.
jueves, 15 de marzo de 2007
LAS FICCIONES DE LA SAGRADA BIBLIA
LA ESTRELLA DE ORMUZ Y AHRIMÁN DURANTE LA EPIFANÍA:
LOS DIOSES SALUDAN A DIOS.
Mateo, 2:1
Ezequiel, 10:9-18
Consta en el evangelio del recaudador impositivo Mateo que, “como fue nacido Jesús en Belén de Judea en días del rey Herodes, he aquí unos magos vinieron del oriente a Jerusalem diciendo: ¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido?, porque vimos su estrella en Oriente y venimos a adorarle”.
La imaginería cristiana siempre tuvo un alto vuelo poético por un lado (los sermones del Cristo, la simplicidad de su mensaje que ahonda hasta límites peligrosos la naturaleza humana, las secuencias finales de la Pasión) y ráfagas de truculencias por el otro. No podemos dejar de recordar aquí la fútil multiplicación de efectos especiales en el montaje del Apocalipsis como si hubiese sido diseñado en un set de Hollywood bajo la dirección de esos creadores norteamericanos que atienden más a los gastos de producción que a la estética dudosa de monstruos, multitudes y alimañas que expulsan sangre, pus, flemas y gelatina sin sabor al menor contacto. No sé quién enseñó a quién pero la Biblia no reniega de la estética kitsh de algunas películas de terror en ciertos pasajes colmados con lo que los amanuenses consideraban la tautología del mal: bestias, rameras, dragones flamígeros multicéfalos, jinetes policromados, gigantomaquias celestiales y voces que explican desde su invisibilidad (verdaderas voces en “off”), la panorámica en cinemascope que se despliega frente al profeta o cronista y que él se apresura a escribir para describírnosla. Esta transfusión de pesadillas tiene la misión de suministrar el “terror sagrado” que es sinónimo de la cólera divina.
Mucho le debe el cristianismo al judaísmo y éste a la iranología y a cuanta secta o religión rodó por la Tierra Prometida y sus aledaños en esos viejos tiempos en los que la propiedad intelectual no estaba legalmente reconocida.
Bástenos saber que cuando los hagiógrafos y profetas bíblicos pusieron manos a la obra ya tenían lenguaje, escritura y mitos dando vueltas por toda la comarca; había que organizarlos en un sistema que explicara el pasado a través del futuro y dejara afuera el presente, ya que es tan efímero.
Quiero escribir sobre los sueños y los espejos pero como no tiene una relación directa con esta redacción tendremos que tomar por atajos y trampantojos barrocos si la galante lectora y el atento lector quisieran seguirme disimulando, advertidos ya de la trápala. Esto no es un programa de examen final, de manera que podemos cambiar de tema sin ofender la metódica economía de un bibliorato. La lectura es antes que nada compañía, según mi criterio algo gregarista, yo los acompaño, ustedes me acompañan: estamos en buena y recomendable compañía. Disfrutemos juntos y el resto se nos dará “por añadidura”. Los sueños no están hechos de nada; su materia sutil se teje con la misma sustancia de la que estamos tejidos según dice el Próspero de “La Tempestad” de Shakespeare: estamos hechos de nada nosotros que nos creemos todo. Para Lewis Dogson Carroll como para el obispo Berkeley somos un sueño de Dios (o del Rey que lo representa en “Alicia”) y cuando Él despierte, presentimos que todo se esfumará en la nada que es lo mismo que nos dice Plotino con otras palabras: nuestro destino es reconstituirnos en el seno de lo Uno del que fuimos expulsados por un accidente. Esa “emanación” ha sido un sueño del Uno que creyó que formaba un mundo, árboles, galerías, volcanes, ríos y seres de barro destinados a soñar con la perpetuidad; pero no nos engañemos, sugiere Plotino, solamente soñaba. La alegoría del Paraíso Terrenal puede ser otro disfraz de la misma hipótesis: hemos sido expulsados de la perfección y nuestra vocación es vagar cuarenta años por el desierto hasta expiar la avería que produjo la separación de la Unidad. Restémosle la utilería de la manzana, la víbora parlante y el ángel con su espada de fuego y veremos que en el fondo, dice lo mismo. En el mármol del Oriente el meditativo Tchoang-tseu no puede decidir si es un filósofo que sueña ser una mariposa o una mariposa que sueña ser un filósofo. El margen entre sueño y vigilia es bastante tenue pero se hace más inquietante en aquellos estados de la mente como el sonambulismo en el que un durmiente obra como alguien en estado de vigilia, o las psicosis en las que la mente vigilante contrabandea con la mercadería de los sueños. ¿Y qué elementos sirven para transformar el caos en vigilia? Los cuatro principios básicos del pensamiento racional: identidad, contradicción, tercero excluido y razón suficiente. Si se los respeta, estamos en la tierra de la vigilia; porque en las mesetas del sueño se olvida sistemáticamente su utilidad y un aparente caos informa los acontecimientos que se presentan como imágenes predominantemente visuales. Pocas veces recordamos haber escuchado una frase en sueños, los matices de una voz o una música. Con toda razón Foucault sospechaba que soñamos divagaciones a las que otorgamos un sentido muy primitivo al despertar. Tal vez la clave esté en esa calle intermedia del que estando dormido imagina como quien siembra y que al despertar recopilamos como quien cosecha. No hay una frontera con aduanas, gendarmería y gabelas entre el sueño y la vigilia; el uno continúa al otro gradualmente, quien imagina durante la vigilia está soñando y quien corre en un sueño, se agota, suda y debe tomarse un vaso de agua. O muchas veces, el durmiente sediento sueña que va a buscar agua o un fernet como en mi caso, con mucho hielo y agua. Es impropio que un estudiante de medicina sueñe que es maquinista de un tren; casi seguramente el maquinista del tren soñará con las vías, las señales y sucesivas estaciones que van pasando por su vida. Que soñara que está ensimismado en una autopsia sería lo extraordinario y seguramente se despertaría porque los cadáveres a pesar de su inocencia garantizada, causan terror. Causa miedo ver la única profecía que sabemos verdadera; ser pasto de la muerte que no perdona reyes ni vasallos.
¿Qué es una copia? La versión intelectual de un espejo; un calco algo adulterino casi siempre tramado de mala fe. ¿Qué es un sueño? Un espejo de la realidad retratado en un momento de indefensión. Ni usted ni yo podemos manejar nuestros sueños a voluntad; al revés, ésas imágenes impostoras se nos imputan aunque nos disgusten o nos aterroricen.
He pasado una semana en la escuela de Plotino y no me gustaría retener las lecciones del maestro alejandrino exclusivamente para mí, sino extenderlas al púlpito ya que las ideas deben ser debatidas para enriquecerse y enriquecernos; a sus consideraciones, ya que siguen tan amablemente estos apuntes. Plotino nació en Egipto en el año 205 d. C. y era hijo de padres romanos, prefecto de Licópolis, se educó en la escuela de Amonio Sacas pero no se privó de viajar a Oriente para estudiar las doctrinas persas e hindúes. Fue maestro de Porfirio a quien recordamos por el célebre árbol que sembró de una vez por todas para el pensamiento racional y tuvo como frutos las diversas clasificaciones y taxonomías. El espíritu cosmopolita de la Alejandría donde estudió se refleja en el pensamiento plotiniano que adoptó las ideas de Platón pero no dejó huérfano el legado de Aristóteles y los pitagóricos que aseguraban que el alma inmortal migra en el tiempo. Los cincuenta y cuatro tratados que escribió fueron reunidos en las célebres seis Enéadas por Porfirio quien nos cuenta en la biografía que le anexó que Plotino estaba avergonzado de tener cuerpo. Juro que siempre me persiguió la misma idea, desde adolescente creí que mi cuerpo no era más que un perro que seguía a mi alma, tal vez bajo influencia del pensamiento papista que profesaba con fe ciega por entonces. ¿Qué fe no es ciega? Hace falta anular la visión crítica para creer honestamente que alguien nos puede salvar. Porque en mi cándida juventud ignoraba que somos un cuerpo con accesorios y eso que llamamos “espíritu” no es más que la mente a la que queremos otorgar inmortalidad para creernos perpetuos. Plotino, dice Porfirio, lo repito, detestaba los retratos ya que consideraba suficiente fraude el cuerpo, que no es más que una imagen física tramada por el alma para complacer a la naturaleza que nos encerró en la trampa de la materia. Un retrato, pensaba, es la copia de una copia, una doble impostura que el filósofo no estaba dispuesto a complacer. Por la misma razón odiaba los espejos que multiplican inútilmente las mentirosas formas del fantasma material que llamamos cuerpo. Tampoco se bañaba ya que eso sería concederle crédito a la anatomía, ni tomaba medicamentos porque si el estómago era ficticio sus dolencias también lo eran. Antes de morir parece que dijo, fiel a su doctrina “me preparo a unir lo divino que hay en mí con lo divino del universo”; algo de panteísmo parcelado y malogrado se percibe detrás de estas convicciones. Las doctrinas gnósticas de Marción de Sínope y el devocionario esenio podrían haber educado el pensamiento de Plotino; es de esperar que deplorara los cumpleaños, aniversarios y efemérides con los que celebramos el envejecimiento de la gente, la aparición de la artritis, la presbicia y los disgustos hormonales. ¿Por qué considerar esencialmente fasto el día de nuestro nacimiento? Debo ser plotiniano sin saberlo porque también yo, como Job, siempre maldije mi nacimiento o al menos me abstuve de regocijarme con mis anuarios. No temo, creo, a la muerte sino a los detrimentos que la preceden. Mamó hasta los ocho años de las ubres de una nodriza que debía acompañarlo a la escuela llevando la vianda puesta, cuenta Porfirio, lo repito no para calumniar a Plotino sino con una intención que los adeptos al psicoanálisis sabrán agradecer. Diez años enseñó en su escuela sin escribir nada pero al onceavo se dedicó con ahínco a la redacción viendo que los apuntes de sus discípulos distorsionaban su doctrina pero no difundió sus escritos en vida. Algún pudor del que sería saludable sentirme víctima algún día le hizo retener la edición hasta completar 22 libros de juventud, 24 libros de la madurez y 9 libros de la vejez lo que delata que la prudencia madura tarde entre los escritores. Entre sus discípulos los había senadores, como Roganciano, Oroncio y Sabinilo; tres mujeres filósofas, dos médicos y hasta un usurero llamado Serapio. Un comentario registra su biógrafo Porfirio que me parece importante destacar: “Plotino podía vivir consigo mismo y con los demás al mismo tiempo” pues aunque hablara ante un auditorio, nunca interrumpía la concentración interior del diálogo consigo mismo y tan seguro de sí que para perplejidad de Porfirio le aseguró que “yo no busco a los dioses, a ellos les corresponde buscarme a mí”. Estudió astronomía para refutar a los astrólogos viendo que lo que predecían resultaba tan fallido como el azar. Escribía contemplando a Dios a quien llamaba “Lo Uno” y de Quien decía que no es idea, ni tiene forma alguna y que existe sobre la inteligencia y sobre el mundo visible.
________________________________________________________alejandro maciel
“LA RELIGIÓN DE LOS MAGOS”
Antes de reconocer los préstamos que el monoteísmo debe a otras religiones conviene saber que el profesor R. C. Zaehner escribió un valioso libro “The teaching of the Magi” Edit. Sheldon Press, London, 1956. La versión en español (no leo fluidamente inglés, recuerde el lector que está tratando con un autor averiado intelectualmente por un tumor que aunque benigno, no ha dejado de producirle taras a lo largo y ancho de su vida, entre ellas la imposibilidad de ser políglota) “La doctrina de los Magos”, Edit. Lidium, Barcelona, 1983. Este libro
Los ángeles son factura caldea ya reconocida siglos antes de la aparición del monoteísmo en cualquiera de sus formas. No hace falta decir que el diluvio universal había pasado por todos los pueblos y el relato de la familia que se salva en una barca se podía leer tanto en Ugarit de Fenicia como en Tracia y Capadoccia. El dios que nace de una virgen era un argumento generalizado en la antigüedad; casi todos los dioses precristianos habían nacido de una mujer intacta porque así lo requería la divinidad que es pura y no admite la mancilla de la raza humana. Los lascivos dioses griegos no perseguían sino vírgenes para desflorarlas en medio de la flora silvestre: abramos una página de Hesíodo u Homero y no leeremos otra cosa que las tropelías de Apolo detrás de Dafne o el Padre de los dioses, el mismo Zeus disfrazándose de todas las apariencias que le facilitaban la fauna y la meteorología para estuprar niñas que no conocían varón alguno. Ya sabemos que las escrituras antiguas son lo que usted quiera estimada lectora, ensimismado lector, menos originales. La rapiña intelectual se fomentaba con entusiasmo dionisíaco entre compiladores, autores, profetas y visionarios. ¿Qué nos enseña el profesor Zaehner? En el capítulo 10 (“La resurrección del cuerpo y la vida perdurable”) ¿Le suena estimado lector, prevenida lectora? Nos cuenta las peripecias del Apocalipsis mazdeo. El predeterminismo no parece contar para la especie humana en este credo; pero está casi le diría que meticulosamente planificado para dioses y semidioses que alternan en la arena de la lucha cosmológica cuyo final ya está diseñado de antemano en las barajas mazdeas. Esta cosmogonía es lo que yo llamo una lectura edificante porque en ella no son los hombres y mujeres sino los dioses quienes deben cumplir su destino. El dañino Ahrimán sabe que será inexorablemente vencido y como en las películas de bajo presupuesto con las cuales Hollywood atiborraba las siestas sudamericanas, los convictos, los perversos y los maliciosos saben lo que les espera; pero como la acción (el espectáculo debe continuar) requiere criaturas obstinadas, la contumacia es la virtud de esta gente que lucha para perder. Todos conocemos el final, empezando por los espectadores: la justicia que siempre triunfa en el cine y rara vez fuera de él, el amor que dura eternamente en el cine y rara vez sobrevive diez tranquilos años fuera de él, la enmienda del despotismo que ya ni en el cine se ve. En esta lucha de inmortales que ha narrado la profecía mazdea no habrá sorpresas porque todos, piadosos y maléficos conocen la trama que la complicación de un mundo ingobernable ha tejido desde el principio de los tiempos. Si quisieran refugiarse en el olvido, bastaría con repasar el manual de protohistoria para disolver la amnesia ya que todo está escrito de antemano en los textos Avesta. Basta leerlos para conocer la historia del futuro. El principio de la apocatástasis es el único soberano de estos acontecimientos: todo volverá a su punto de partida, tal vez para repartir de nuevo los naipes e iniciar una nueva jugada en la que los caballos y los reyes ocupen jerárquicamente los puestos que les correspondan y no, tal como están las cosas, en un mundo gobernado por caballos y secundados por sotas o palafreneros.
____________________________________________________by alejandro maciel
LOS PROFETAS DE LA BIBLIA
Profetizar era otra forma de poetizar; o, dicho al revés, la buena poesía siempre es profecía. Ser profeta en la antigüedad judía era un oficio algo escandaloso nacido de los recovecos del rito. Los primeros profetas eran también sacerdotes de Israel pero después poco a poco la figura del profeta se apartó del Tabernáculo para vagar por ciudades y desiertos vigilando la Ley. Esta verdadera gendarmería religiosa era la conciencia pública del rebaño elegido y aunque estamos acostumbrados a asociar “profeta” con “profecías” la principal función del profeta judío era ser la conciencia viva del pueblo y hasta su remordimiento como sucedió con el Bautista frente a Herodías. Volvamos los pasos al pasado; Herodías era hija de Aristóbulo, hijo de Herodes el Grande y por tanto, de casa de los Macabeos. Se había casado con su tío, Filipo con quien tuvo una hija llamada Salomé pero la artritis, los mareos, la próstata adenomatosa terminaron cansando a la esposa y abandonó al marido para convivir, como diría el antiguo código penal “en ilegítimo concúbito” con otro tío: Herodes Antipas, tetrarca de Galilea según ya vimos en la historia de los Herodes. El historiador Flavio Josefo, en “Antigüedades Judías” XVIII, v, 1, 4 comenta los pormenores de la ejecución de Juan el Bautista ordenada por Herodes Antipas ante el humo de insurrecciones que levantaba el Profeta con sus inflamadas arengas. Los evangelios nos dan una versión un poco más compleja y vinculada al adulterio de Herodías (Mateo 14:1, Marcos 6:14, Lucas 9:7) propuesta en estos términos: Juan el Bautista sabe que la reina ha cometido dos incorrecciones que él considera verdaderas infracciones a la moral: es adúltera y está amancebada con su tío. Piensa que los personajes públicos están para dar el ejemplo y no para escandalizar al pueblo, al que los profetas trataban de preservar de las influencias nefandas. Acusa y acosa noche y día en su prédica a la pareja real insinuando de paso que si el rey está en falta, el pueblo es libre de obedecer su conciencia desobedeciendo al gobierno. Desde que el mundo es mundo, los dirigentes únicamente buscan conservar y acrecer su poder; cualquier minusvalía en este sentido les parece sediciosa y tratarán de sofocarla cueste lo que cueste. Herodías siente la humillación pública de ser detestada y vilipendiada por el solo hecho de haber cambiado de cama sin pedir permiso.
Juan el Bautista no tiene los ojos en la tierra de pecados sino en el cielo esenio donde todas las almas son puras y el cuerpo es no es más que una imagen que negocia el alma para entenderse con el mundo de la materia. ¿Qué le pueden interesar las razones de Herodías, del hartazgo del desvencijado cuerpo de un tío para pasar al otro? Observemos con detenimiento cómo se instala un conflicto en el mundo exterior y en la conciencia humana.
Como todos y todas recordarán, Herodes Antipas frente a la amenaza de insurrección decide encarcelar al Bautista para apagar su campaña proselitista. No lo hace matar a pesar de las insistencias de su concubina y sobrina porque en el fondo siente respeto por esa figura adusta que vive en el desierto purificándose con ayunos y mortificaciones y que profesa una idea del bien basada en el respeto a la ley, lo que no es nocivo para un gobierno. También recordarán, repito, una fiesta en el palacio real en la que no faltan visitas extranjeras y vino generoso. Ustedes ignoran seguramente los pesares del poder. No hay penitencia más dura para alguien que llevar las riendas de un pueblo díscolo y después de una dura jornada de edictos y despachos reales, nada mejor que un buen Malbec para alegrar el espíritu por medio del cuerpo y entonces Herodes Antipas propone un brindis y pide a su hijastra Salomé que dance para los presentes; hácelo la muchacha a cambio de un deseo “lo que pidas, se te dará, doy mi palabra de honor” promete el tío-padrastro frente a los invitados, aunque de su honor no quede mucha tela por cortar. Como todos sabemos, Salomé baila y al terminar va directamente junto a su madre a pedir asesoría. ¿Qué exige Herodías como recompensa por la danza? Pide la cabeza del Bautista en una bandeja; y Salomé públicamente proclama el precio de su ovación. “Ella instruida por su madre, dijo: “Quiero aquí en un plato la cabeza de Juan el Bautista”. Entonces el rey entristeció, pero a causa del juramento y de los que estaban con él a la mesa, mandó que se la dieran”, dice el evangelio de Mateo.
¿Quién es responsable de la decapitación del Bautista? ¿Herodías, que deseaba ver muerto al profeta? ¿Salomé, que pide ese precio? ¿Herodes, que da la orden aún contra su declarada voluntad? ¿El verdugo que lo ejecuta? ¿Dios que manda a Juan a predicar mensajes peligrosos? ¿El mismo Juan que, conociendo las leyes del poder las desafía? Usted me dirá de inmediato: “Pero Juan decía la verdad”, y aquí, querida señora, cauto señor entramos en el ámbito ambiguo de la función social de la verdad. Aceptemos que el adulterio es verdad, ¿hacia falta predicarlo a los cuatro vientos? ¿Perjudicaban notablemente la salud pública de Judea las relaciones sexuales entre Herodes y Herodías? ¿Era ocasión de guerras y exterminios masivos? ¿Producía cataclismos y calamidades, calentamiento global, deshielo de glaciares? ¿Acarreaba epidemias? Siempre resulta sospechoso el puritanismo de los fanáticos; si analizamos bien, eventualmente es una cuestión de conciencia entre Dios, Herodías y Antipas la carga de prueba de esa verdad. También es verdad que padezco hemorroides pero poca gracia me haría que mi proctólogo lo publicara en el periódico alegando que “no miente”.
Finalmente Juan es decapitado según testimonia el pasado. Lo que nunca podremos afirmar sin asomo de duda en este presente continuo que se llama futuro es el nombre del asesino o la asesina, si no ha sido un suicidio.
Los profetas de Israel nacieron del sacerdocio pero después se apartaron como personajes públicos cuya misión era vigilar el cumplimiento de la ley y denunciar su perjuicio. Como policías de la Torá, los “nabís” se reconocían por el celo de la norma jurídica antes que los auspicios, las adivinaciones y la magia sobrenatural de anticipar el futuro. Como todos, tenían sueños pacíficos y sólo ocasionalmente las pavorosas pesadillas que al ser escrita sobrevivieron en la imaginación del pueblo. El historiador James Parkes en su “Historia del Pueblo Judío” (Editorial Paidós, Buenos Aires, 1982) lo dice con más propiedad: “Los grandes profetas de antes del exilio culminaron con Isaías y Jeremías. Ambos eran grandes estadistas, conocedores de las condiciones sociales y políticas de la época. Porque la idea de que la tarea principal de un profeta era vaticinar el futuro , surgió mucho más tarde. Su misión primordial consistía en decir las cosas públicamente, no en profetizar el mañana. Las injusticias que sufrían las clases más oprimidas tanto en la ciudad como en el campo constituyen el tema permanente de las acusaciones de los profetas. No cabe duda de que los reinos de Judá e Israel no eran mejores que sus vecinos. Son interesantes, no por la superioridad de sus virtudes sino porque contaban entre sus moradores a hombres que sabían que esas cosas eran malas y tenían el valor de proclamar que podían y debían extirparse”.
Ezequiel profetizó en el exilio babilónico aunque Van der Born y Kuhl admitan que empezó su oficio en Palestina pero eso se debe al temperamento teutón, pugnaz con toda forma de ideas aceptadas. Fue también, como Jeremías, ministro del culto tarea de la que se irán separando los sucesivos profetas Daniel, Isaías y los doce menores. Durante su servicio proclamó el principio de la responsabilidad individual: la culpa “in re” (en la cosa) es decir en el sujeto, frente a conceptos anteriores que adjudicaban culpas generacionales como la de Adán, Eva y mi parte en el pleito. Nunca acepté estas generalizaciones jurídicas, yo no robé ninguna manzana ni estuve en el Paraíso, nada tengo que ver con las infracciones de Adán y Eva. Si Yahveh desea probar mi obediencia que me envíe la víbora, el árbol el ángel y el decreto. Si no cambia las condiciones, siempre optaré por el árbol que me dé conocimiento; poca gracia me hace ser feliz en la ignorancia y todos ya sabemos que los idiotas son felices naturalmente.
La visión de Jeremías 10: 9-15 me produjo la primera crisis de pánico que recuerde en mi ajetreada vida. Piénsela usted simbólica o (mucho peor) literalmente, la visión no admite el menor recurso de piedad a la imaginación. Fue mi primer trauma intelectual gratuito e inesperado. Durante una clase de doctrina cristiana que nos administraban como requisito previo a la primera comunión en el colegio religioso en el que mis padres me habían confinado, la catequista habrá querido deslumbrarnos enseñándonos la “gloria de Dios” con ayuda de una lámina donde un inspirado por algún furor perverso trazó a vivos colores la criatura construida de ojos abiertos, alas entrecruzadas, garras, ruedas y las cuatro cabezas (león, toro, águila y hombre) que contagiaban de terror la almáciga fértil de mi imaginación solitaria. Desde pequeño tuve lo que mi tía Victorina llamaba las tres “T”: temeroso, tímido y tonto. No sé si el tiempo aminoró los tres defectos pero recuerdo perfectamente las consecuencias de la homilía catecumenal ilustrada; la imagen de la visión de la visión de Ezequiel me perturbó a tal punto que me vi obligado a variar mi oración nocturna. Ya no rogaba piadosamente por el bienestar de mi familia; hice un canje, dejé a mis parientes librados al azar a cambio de que a mi muerte no se me enviase al cielo porque mi terror a esa pesadilla superaba holgadamente las promesas de bienaventuranza que por otra parte nunca había experimentado. Llegó a tal extremo esa idea persecutoria (indudablemente de índole fóbica según deduzco hoy) que conjeturaba que de no ser asignado al cielo se me enviaría al infierno, pero me consolaba saber que esa topografía ya me era vagamente conocida porque las monjas la usaban como amenaza cada vez que debían reprimir delitos menores. Sabía que había llamas y el fuego no me disgustaba, sabía que era eterno y eso significaba que no me moriría, sabía que los demonios tenían, alas de murciélago y colas con arpones pero su anatomía me era indiferente. Sin embargo el mapa del cielo y el “Trono de Dios” no hacían tanta falta como estímulos morales y ahorraban esas descripciones del catálogo del más allá. Lo poco que pude descubrir aquella tarde inocente a través de la figura de la visión ezequeliana me producía escalofríos; no me era posible esperar nada bueno a juzgar por esa muestra. Mi concepto del cielo que ya era algo castrense se volvió terrorífico; esperaba una Ciudad de Dios poblada de monstruos llenos de ojos, cadáveres, ataúdes y helicópteros que eran las cosas que más me atemorizaban. Había visto accidentalmente un helicóptero (venido del cielo nuevamente) y mi familia no acertaba a explicar qué era aquella cruz que volaba haciendo tormenta con el cuerpo negro” que yo describía. En el campo donde pasé mi primera infancia no había cine, TV, ni revistas. Cuando me internaron en el colegio religioso donde cursé los primeros grados en la ciudad de Bella Vista ya me llevé el trauma del helicóptero que había visto en el campo.
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